Tener un negocio entendido no como algo que te ha tocado por herencia, porque no te ha quedado otra, sino por ese gusanillo de, si tengo un negocio propio, mi vida se parecerá más a la vida que me gustaría vivir. Hablo a ese tipo de empresari@s.

A la gente que vivimos un negocio de esa manera nos toca mucho sufrir, es verdad, lo digo con pleno conocimiento de causa. Sufrimos porque todo nos toca la fibra sensible, porque lo que hacemos lo hacemos con un toque personal que queremos que el  cliente aprecie, que solucione sus problemas y por el que le encante pagar.

Pero claro, tener un sello personal es algo complejo porque primero tienes que desarrarlo, luego ser consciente de él, luego saber explicarlo con palabras, seguir puliéndolo y por último y lo más arriesgado, utilizarlo como una bandera con la que competir. Es un proceso lleno de sufrimiento y dolor (ale.. ‘exagerá’).

Bueno, no tanto vale, pero es complejo.

Es lo que hace de cualquier trabajo, un trabajo artesano, algo no algorítmicamente escalable y que por tanto, sólo puedes hacer tú, en tu “taller”.

Eso sí, si averiguas cuál es y consigues que te compren por él, serás la persona más feliz del universo y el sufrimiento habrá merecido mucho la pena.

Te lo aseguro.

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