Lo primero que pensé de esto fue: ¿una reacción ante la realidad virtual? No lo sé, pero está claro que estamos buscando cada vez más vivir experiencias reales, de nuestros mitos, de las pelis que nos gustan, la capacidad de hacer “reales” los mundos que conectan con nosotros.

Si somos capaces de recrear la sociedad clandestina de Elliot Ness en Madrid, de recrear Hill Valley de Regreso al Futuro a las afueras de Londres o de buscar a Drácula en una abadía segoviana abandonada, deberíamos de aplicar esto al turismo de nuestros pueblos?

Cómo hacer para teatralizar nuestro destino, identificar cuáles son las experiencias atractivas a vivir en él y diseñarlas con escuadra y cartabón para que sean lo más auténticas posibles. Quizá tienen que ver con revivir ese espíritu del disfrute del vino y los amigos de “Entre copas”, o eso mismo aplicado al mueble, o al calzado… qué experiencia inmersiva tenemos la capacidad de ofrecer?

Y con ello, poner a la persona en el centro de una experiencia que desea recibir.

Si hablamos de costes, el cine en RV es más escalable porque una misma experiencia virtual la puedes aplicar a todo el mundo. Sin embargo, el cine inmersivo tiene un límite de personas que pueden participar en cada exhibiciión, hay unas plazas limitadas por sesión, lo cual, también lo hace más exclusivo.

Aquí dependerá de lo realista que llegue a ser la experiencia en RV para competir con la experiencia real, o de distintos tipos de clientes.

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