Estos días he terminado de leer “El antopólogo inocente” de Nigel Barley.

Por mi propio sesgo, he leído este libro desde el punto de vista comunicativo. Es decir, cómo de difícil es conversar con alguien que no tiene nada que ver con mi cultura y que tiene un día a día totalmente distinto al mio.

Lo que deja claro el libro es que la comunicación no es posible sin entender una serie de rituales y contextos en la conversación. No vale solo con tratar de chapurrear la lengua o de pedir un traductor, sino que es mucho más complejo. Si a veces ya lo es con gente similar anosotros, imagínate con gente distinta. A veces a mi me pasa con gente cercana, no quiero saber qué sería de mi en pleno Camerún.

En varias ocasiones el protagonista va descubriendo aspectos que bloquean sus conversaciones con los dowayos. Identificarlos y conseguir superarlos le van permitiendo acceder al conocimiento de la cultura dowaya.

Cuando aprende la manera de conversar de los dowayos:
“Y cuál no sería mi aflicción al descubrir que no podía sacarles a los dowayos más de diez palabras seguidas. Cuando les pedía que me describieran algo, una ceremonia o un animal, pronunciaban una o dos frases y se paraban. Para obtener más información tenía que hacer más preguntas. Aquello no era nada satisfactorio porque dirigía sus respuestas más de los que aconseja cualquier método de campo fiable. Un día, después de unos dos meses de esfuerzos bastante improductivos, comprendí de repente el motivo. Sencillamente, los dowayos se rigen por reglas distintas a la hora de dividir una conversación. Mientras que en Occidente aprendemos a no interrumpir cuando habla otro, esto no es aplicable en África. Hay que hablar con las personas físicamente presentes como si se hiciera por teléfono, empleando frecuentes interjecciones y respuestas verbales con el único fin de que el interlocutor sepa que lo escuchamos. Cuando oye hablar a alguien, el dowayo se queda con la mirada fija en el suelo, se balancea hacia adelante y hacia atrás y va murmurando “sí”, “así es”, “muy bien” cada cinco segundos aproximadamente. Si no se hace de esta forma, el hablante calla de inmediato. En cuanto adopté este método, mis entrevistas se transformaron.”

Cuando entiende que los dowayos no entienden un mapa como él:
“El mapa despertó una gran curiosidad a los dowayos, que no llegaron a comprender jamás sus principios lógicos y me preguntaban dónde se encontraban aldeas en las que yo no había estado nunca. Si les contestaba, seguidamente me preguntaban el nombre de las personas que vivían allí; no llegaron a entender nunca por qué p odía responderles a los primero pero no a lo segundo.”

Cuando aprende la manera de hacer preguntas a los dowayos y que le entiendan:
“Mucho se ha escrito sobre la capacidad o incapacidad de los pueblos primitivos para abordar cuestiones hipotéticas. Yo nunca llegué a estar seguro de si mis dificultades era puramente lingüísticas o si abarcaban un ámbito mucho más amplio.
– Si usted tuviera una hermana.
– No tengo ninguna hermana.
– No, pero si la tuviera…
– Pero no la tengo. Tengo cuatro hermanos.
Después de varios intentos frustrados en esta línea, Matthieu decidió intervenir.
– No, patrón. Así. Un hombre tiene una hermana. Otro hombre se la lleva. Es su esposa. El hombre llama al marido ¿cómo?… Y le contestaban, de modo que adopté este sistema y no volví a tener problemas…”

Por supuesto, el libro está badado en una historia real. Un profesor de antropología que tras un año y medio en Camerún estudiando a la tribu dowaya se da cuenta que apenas sabía nada sobre ellos. Apenas había podido iniciar una conversación con ellos.

Y yo me pregunto mientras leía a Barley ¿y no es esto lo que hacemos con nuestros clientes? ¿Intentar abrir una conversación con ellos? Nuestros clientes, seres que a veces parecen vivir en mundos tan distintos a los nuestros pero que tienen problemas para los que nosotros tenemos soluciones. Sin embargo, hasta que ese momento llega hay una fase de exploración previa, también tenemos que conocer su cultura, sus rituales, sus códigos, sus costumbres, su jerga…

Me ha parecido curioso verlo así y sentirme un poco ‘antropóloga’ haciendo trabajo de campo con nuestras reuniones de trabajo.

En gran medida, lo somos.

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