Esta mañana estaba desayunando en una cafetería cuando la mujer de la mesa de al lado al pagar se ha puesto a charlar con la dueña. La cafetería es muy tranquila y justo vamos allí porque se puede hablar tranquilamente y escuchar el plácido silencio.

La que se marchaba le ha preguntado a la dueña por su hija. Ésta le ha comentado con cierta pena que estaba fuera, se había marchado a trabajar a una ciudad cercana, de camarera. A lo que la otra le ha respondido que mejor así, que era lo mejor para ella, tal y como estála cosa. La dueña asentía.

¿Por qué?

A mi me ha dado la risa un poco porque he pensado “los que nos quedamos estamos locos o somos unos mierdas”. Se vé que a cien kilómetros atan los perros con longanizas. No sé cómo explicarlo, y claro, de repente he recordado la idea de las respuesta automáticas, esas cosas que repetimos una y otra vez porque alguien las dijo y luego otro las repitió y así en un bucle sin fin.

Ojo que yo también caigo en ellas para evitar un silencio en el ascensor o cuando no espero encontrarme a alguien o voy absorta en mis pensamientos y me quedo sin qué decir. Pero odio hacerlo y quiero dejarlas en cuanto sea posible. Son odiosas, son casi siempre mentiras que no hemos comprobado y cuando las dices a mí me hacen sentir vacía.

La escena me ha recordado a cuando Toni Soprano, en el entierro de su madre, ve como su hija está recibiendo los pésames de la familia con una apenada media sonrisa pero sin inmutarse. Él la mira y le dice a su mujer: “Mírala, ya se ha convertido en un puto robot, adiós a la inocencia“. Como queriendo decir que recibe pésames standard y muy posiblemnte no sentidos y ella hace lo mismo. Es un juego social, es una repetición, solo eso. Como esta mañana.