Estaba trabajando una tarde frente al ordenador y recordé que había dejado unos papeles en el salón. Me levanté de un impulso y bajé las escaleras de dos en dos. De repente algo me dijo que deshiciera el camino sigilosamente y volviera a mi habitación. Me asomé muy despacio por el cerco de la puerta intentando ver mi mesa de trabajo y mi ordenador. Allí estaba, el ratón se movía alegremente por la pantalla y alguien parecía tomar rienda suelta de mis archivos, mis emails, de mi vida… Todo era cierto.