Últimamente me llegan espasmos de todos lados en lo relativo al trabajo en red y al colaborar. Por un lado, instituciones públicas que quieren aprender a trabajar en red  o empresas que se han visto abocadas a convertirse en una “organización en red” para poder afrontar la crisis.

En el primer caso, ven en la red como la herramienta para poder optimizar recursos, ser más eficientes en su trabajo y ofrecer al final un mejor servicio al ciudadano, que al final es de lo que se trata. Pero claro, teniendo en cuenta la forma en la que se diseñan las estrategias y herramientas en la administración públicas, es decir, “desde arriba”, ¿hasta qué punto pueden crear una red que en la práctica funcione?

Por otro lado, muchas empresas actualmente se están viendo abocadas a tomar decisiones para repensar su modelo de negocio hacia algo más ligero y distribuido. Estas empresas se han forjado en tiempos donde se podían tener grandes instalaciones, una gran plantilla, y en definitiva, unos costes fijos importantes donde además, las personas tienen el chip de “asalariado“. Estas empresas ahora se ven obligadas a prescindir de muchos de estos costes fijos y tratar de funcionar con la mínima estructura posible. Y sobretodo, se dan cuenta de que cada persona debe ser un elemento tan activo como otro en la red.

Además, me sorprende que, sin saber si todos hablamos de lo mismo, los primeros parecen tener una visión muy positiva del trabajo en red, pero los segundos suelen verlo como un auténtico fracaso y como algo que se han visto obligados a hacer por el entorno.

El trabajo en red, tal y como yo lo entiendo, ofrece un potencial de aprendizaje muy fuerte pero también altas dosis de incertidumbre y tendencia al caos. Además, es necesaria una gran dosis de confianza entre los miembros. Por ello creo que es necesario conversar sobre qué valores deben asociarse al trabajo en red.